Canonización de monseñor Romero hace historia en El Salvador

La canonización de Oscar Arnulfo Romero fue, junto al establecimiento de relaciones con China, el principal acontecimiento del año en El Salvador.

Tras un largo proceso, lastrado por el burocratismo católico y dosis de mala fe política y religiosa, el Vaticano subió a los altares el pasado 14 de octubre al obispo mártir de El Salvador.

San Romero de América vencía así a quienes lo mataron por su pastoral inspirada en los eternos marginados, y quienes luego negaron su trascendencia y quisieron condenarlo al olvido.

Las explosiones de júbilo (y pólvora) resonaron en la madrugada salvadoreña mientras en la Santa Sede era oficializada la santidad de quien murió por ser la voz de las mayorías silenciadas.

En las capitalinas plazas Gerardo Barrios, Morazán y Américas, y el hospitalito Divina Providencia, así como en Ciudad Barrios, cuna del obispo mártir, la gente estuvo pendiente del acto.

Fueron horas de un fervor que trascendió la religiosidad y avivó el orgullo salvadoreño, cimentado en la conciencia de que no nacía un santo, si no que se afianzaba un símbolo.

Para muchos, quizás el mayor milagro de Romero ha sido unir en torno a su figura a una nación extremadamente polarizada, donde nadie se pone de acuerdo ni está dispuesto a ceder.

No obstante, hasta los ateos o seguidores de otras creencias reconocieron y valoraron la trascendencia del evento, y confían en que tenga un efecto aglutinador en esta sociedad tan dividida.

Las autoridades se desplegaron para garantizar la seguridad de la fiesta, pero el mismo pueblo que hizo santo a Romero también supo honrarlo en paz.

Sin embargo, ya el catolicismo saldó su deuda con Romero, pero la justicia terrenal aún está pendiente: a casi cuatro décadas del magnicidio, aún sus asesinos siguen impunes.

Al respecto, el cardenal salvadoreño, Gregorio Rosa Chávez, habló sin paños tibios de la urgencia de esclarecer el crimen que desató una guerra civil de 12 años.

Rosa Chávez, colaborador de Romero, evocó la alegría que generó en ciertos sectores de la oligarquía el asesinato del entonces arzobispo de San Salvador, el 24 de marzo de 1980.

Apenas tres años antes los militares habían asesinado al padre Rutilio Grande, un crimen que radicalizó a Romero y lo distanció de una Conferencia Episcopal más afín a la cúpula oligárquica y castrense que a la doctrina católica.

Eran tiempos en que proliferaron las pegatinas que rezaban ‘Haga Patria, mate a un cura’, algo que nadie le contó a Rosa Chávez: él vio la propaganda anticlerical y como ciertas familias pudientes celebraron la muerte de Romero.

La Comisión de la Verdad de Naciones Unidas señaló al mayor Roberto D’Aubuisson, fundador del derechista partido Arena, como autor del asesinato de Romero.

Además, ninguno de los embajadores destinados por los gobiernos de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena) ante el Vaticano entre 1989 y 2009 apoyó la causa para beatificar primero y santificar después al obispo mártir.

Encima, el entonces papa Juan Pablo II nunca comulgó con la pastoral de Romero, e incluso lo humilló durante un encuentro de ambos aquí, y fue Benedicto XVI quien destrabó la causa del religioso salvadoreño en la Santa Sede.

Según el obispo salvadoreño Rafael Urrutia, postulador junto al italiano Vincenzo Paglia de esta causa, los cardenales colombianos Alfonso López y Darío Castrillón sabotearon el proceso por considerar a Romero un religioso de izquierdas.

‘Las heridas siguen sangrando. Cerrarlas supone un proceso de verdad y de justicia’, enfatizó Rosa Chávez, consciente de los intentos por pasar página y pretender que nada pasó.

Mientras, Arena aún honra a D’Aubuisson y se empeña en negar su papel en aquel crimen, pese a las pruebas y la confesión de tres personas involucradas en el atentado.

El jesuita José María Tojeira, ex-rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), estima que la clase política salvadoreña ha evolucionado respecto.

El ahora director del Instituto de Derechos Humanos valoró que San Romero es reconocido por sectores que décadas atrás mostraban abiertamente su rechazo y lo consideraban su enemigo ideológico.

De hecho, hace par de décadas era impensable que un candidato presidencial de Arena se dijera admirador de Romero y seguidor de su ejemplo, como hizo Carlos Calleja.

Se trata, sin embargo, del mismo Calleja que ante la tumba de D’Aubuisson cuestionó a la Comisión de la Verdad, que identificó al polémico ‘Mayor’ como responsable del crimen.

A su vez, el presidente Salvador Sánchez Cerén consideró que la canonización de Romero por el papa Francisco es una fecunda fuente de inspiración para consolidar la paz, la unidad y la justicia.

‘La voz de los sin voz, el pastor bueno, fiel al evangelio, sigue vivo en su pueblo, que construye desde sus comunidades una sociedad inclusiva, solidaria y en paz’, enfatizó el mandatario.

Recordó que Naciones Unidas declaró el 24 de marzo Día Internacional por el Derecho a la Verdad como tributo a la labor de Romero, asesinado en esa fecha, al servicio de la humanidad.

El ‘Profesor’, como llaman a Cerén por su pasado magisterial, estimó que la mejor forma de honrar a san Romero es mantener vivo su mensaje de amor y paz en las acciones cotidianas.

Prensa Latina