Con la llegada del mes de Muharram se inicia el luto por el Martirio del Imam Hussein (P) que marca el inicio del calendario islámico

La sed atroz
La sed atroz… un relato sobre el martirio del Imam Hussein (P)
Saied Mehdi Yoyai

Soy Sakina. Hoy es Ashura y este lugar es Karbalá. Quizás, apenas ha transcurrido una hora desde el mediodía, pero para nosotros, es como si hubiera pasado toda una vida en lo que va de la mañana, y nuestra ansiedad no tiene límites en estos momentos en los que mi padre, se ha dirigido al campo de batalla. Es muy difícil observar la polvareda, escuchando los alaridos del enemigo, sabiendo que mi padre se encuentra allí. El sonido de los tambores, y los feroces gritos de los hipócritas, hacen temblar nuestros corazones. Sobre esta tierra insoportablemente ardiente, rodeados de polvo y sangre, el implacable sol en lo alto nos calcina. La sed es atroz. Nuestros hígados arden de por la falta de agua y nuestros labios se resquebrajan al igual que un desierto salobre. Nuestras lenguas se inmovilizan y nuestros rostros empalidecen. Desde ayer estamos bloqueados por el enemigo. El ejército de mi padre, el Imam Husain, se componía de setenta y dos personas, en cambio el ejército de Yazid, de decenas de miles.

Uno tras otro los fieles de mi padre fueron dirigiéndose al campo de batalla al despuntar el día. Con gran osadía se detuvieron frente a aquel gigantesco ejército. Lucharon valientemente. Cada uno de ellos logró acabar con la vida de decenas de opositores y luego hallaron el martirio. Ahora mi padre quedó solo frente a numerosos enemigos. Ojalá la distancia que separa las tiendas del campo de batalla no fuera tan grande. Ojalá pudiera ver a mi padre luchar. Ojalá me hubiese permitido acompañarlo. Es difícil cuando el padre lucha contra un gran ejército y su hija desconcertada e impaciente no sabe nada de él. Desde aquí sólo se ve tierra y polvo y no se oye más que bullicio.

Ayer, yo pude ver claramente en su rostro las señales del agotamiento. Miles de personas, tanto de Kufa como de otras ciudades le habían escrito y le habían prometido apoyarle y acompañarle cuando se sublevara contra el opresor gobierno de Yazid. Sin embargo, sólo setenta y dos personas se acercaron para secundarlo. Aquellas personas eran muy queridas para mi padre. El les había dicho: “Vosotros sois la mejor de las gentes, no conozco adictos ni compañeros más leales. Jamás alguien tuvo tan buenos discípulos como yo”.

Todos nosotros lloramos por el martirio de aquellos amados, pero mi padre no demostró su dolor. Cuando mi hermano mayor, Ali Akbar, cayó del caballo, nuestros corazones se desplomaron, pero el corazón de mi padre lo toleró. Y cuando la flecha enemiga penetró en la garganta de Ali Asgar, mi hermano menor, mientras se encontraba en los brazos de mi padre, nuestros lamentos se elevaron al cielo, pero mi padre permaneció fuerte y firme. Y cuando mi tío Abbás, abanderado del ejército, guardián de las tiendas y aguatero de Karbalá, cayó del caballo y se despedazó su cuerpo, también mi padre fue paciente. Entonces colocó sus manos sobre su cintura y dijo: “Mi espalda se ha quebrado”.

Cuando todos sus fieles se martirizaron uno tras otros frente a sus ojos, mi padre se preparó para la lucha, pero antes reunió a las mujeres y los niños y les dijo con gran calma: “Es el momento de que se preparen para la aflicción y el infortunio, de que sepan que Dios es vuestro guardián y protector y que muy pronto los rescatará de la maldad de los enemigos y los hará felices. Sepan que Dios transformará a los enemigos en el blanco de diferentes castigos y en cambio a ustedes que soportan tantas dificultades, les otorgará toda clase de mercedes y gracias. Por todo esto, no den lugar a la queja, ni digan nada que disminuya vuestro valor”. De inmediato descubrimos que el martirio de mi padre era inminente. Le dije: “¡Oh padre mío! ¿Por ventura te has rendido ante la muerte?” Mi congoja estalló. Mis lágrimas se derramaron como la lluvia. Me era imposible contenerme. Todos estaban desolados. Inclusive mi tía Zainab, que por un lado nos consolaba y por el otro secaba sus propias lágrimas. Mi padre me apretó contra su pecho y me dijo: “¡Oh luz de mis ojos! ¿Cómo no me voy a rendir ante la muerte, siendo que no me queda ya ningún compañero?” Comencé a lamentarme luego le pregunté: “¿Y a quién nos confías?” El secó mis lágrimas con sus manos y sus labios, besó mis húmedos párpados y respondió: “A Dios. Los confío a la misericordia y la protección divinas, que estarán con vosotros en este mundo y en el otro. Ten paciencia y encomiéndate al designio de Dios. No te quejes hija mía, porque este mundo es pasajero, mientras la otra vida es eterna”. Yo no protesté, pero continué llorando. ¡Cómo no iba a llorar cuando mi padre, el mejor padre del mundo, partía hacia el campo de batalla para luchar solo, contra decenas de miles de personas! Se despidió de mi tía Zainab. No pudimos oír sus palabras. Mas, luego pidió a mi tía que le alcanzara un ropaje usado y ajado. Nos sorprendimos y le preguntamos para qué lo quería. Entonces nos hizo saber: “El enemigo es cobarde y vil, después de asesinarme me despojarán de mis vestiduras, para llevarlas como trofeo.

Prefiero ponerme algo usado debajo de la ropa que llevo, para no quedarme al descubierto luego de mi martirio”.

Mi padre se preparó como si hubiese tenido que ir a una fiesta esplendorosa. Se vistió, se colocó la armadura y tomó su espada. Con una parte de su turbante secó su sudor y arreglo con sus manos sus barbas medio encanecidas. Y así partió para no volver. Gallardo y de prisa fue hacia su caballo para dirigirse rápidamente hacia el enemigo. Los contrincantes lo esperaban con feroces gritos. Aunque pudiéramos impedir su partida, ellos avanzarían hacia el campamento. Por eso, lo mejor era atacarlos intrépidamente y luchar.

Nadie podía impedir su partida, puesto que ya había anunciado su martirio y había dicho que la religión solo se garantizaría a través suyo. No podíamos decirle:

¡Querido padre no vayas!

¡Querido tío no vayas!

¡Querido hermano no vayas!

El era el Imam Saied al-Shuhada (El Señor de los Mártires), y todos sabían que lo que el Imam hacía era por orden de Dios. A pesar de todo, queríamos verlo, hablarle y escucharle aunque no fuera más que por unos instantes. Mi tía Zainab, mientras lo observaba, por detrás de una estremecedora cortina de lágrimas, exclamó: “¡Querido hermano, despacio, un poco más despacio!” Mi padre volvió su rostro y otra vez miró a las mujeres y niños agobiados por el llanto, desconcertados. Otro que no fuera él, hubiese vacilado en partir y hubiese debilitado sus pasos al oír los ardientes ruegos. Gracias a su fe y su voluntad, los pasos de mi padre no mostraron debilidad ni duda. Nos saludó con su mano cariñosamente, nos confió a Dios y se aproximó al caballo.

Esta despedida era muy corta para mí, puesto que en instantes más perdería a un padre muy bueno, quedaría huérfana. Súbitamente me levanté y antes de que mi padre pudiera verme, me planté frente a su caballo. Firmemente lo montó. Intentó partir, pero el animal no se movía, puesto que mis manos se habían anudado entre sus patas. El caballo me miraba y lloraba como yo. Mi padre estaba asombrado por la inoportuna desobediencia del animal y al verme tomar fuertemente sus patas y no permitirle partir, aumentó su sorpresa. Entonces se apeó y me abrazó; secó mis lágrimas y me dijo: “¡Oh hija mía, oh luz de mis ojos!” Le dije “¡Oh padre, cuando Muslim, tu representante, se martirizó, tú abrazaste a su hija huérfana y la acariciaste. Si te fueras y yo me quedara huérfana, ¿quién me acariciaría?”

El Imam lloró, su corazón se partió y acongojado murmuró: “¡Oh mi Sakina, hijita mía, ya no llores! Llora luego de mi muerte, no hagas estremecer mi corazón ahora que estoy vivo, ahora que el alma permanece en mi cuerpo. Tras mi partida, ¡oh la mejor hija del universo!, tendrás más derecho que otros de llorar por mí”. Y sabía que era imposible, pero no se por qué motivo le dije: “¡O padre mío regrésame a Medina, junto al santuario de mi abuelo, el Profeta!”. Y fijando su inocente mirada sobre el enemigo, dijo: “Sabes hija mía que eso es imposible”. Los gritos del enemigo aumentaban, mi padre ya debía partir a la batalla. Aun sentía el calor de sus resquebrajados labios sobre mis mejillas cuando lo vi galopar. Ya podía escuchar el choque de las espadas, el relincho de los caballos y los gritos salvajes de los incrédulos. Permanecimos junto al campamento. Nuestras respiraciones estaban prisioneras en nuestros pechos, y nuestros pechos vibraban como la vid. ¡Ay!, creo que el caballo sin jinete, es el caballo de mi padre y golpea su cabeza contra el suelo y avanza con sus crines empapados de sangre.

¡Oh! pero ¿Qué oyen mis oídos? ¿Son estos mis lamentos, los lamentos de Fátima o los de Ruqaia?