El mito de que los judíos son siempre víctimas de persecución, sean ocupantes o no

Las expulsiones masivas de la población palestina de su tierra y los intentos de expulsarla masivamente han definido a Israel desde su creación. La población de Jerusalén está siempre en riesgo de expulsión; de su ciudad y de su patria. 

Una mujer llora cerca de la tumba de Eitam y Naama Henkin después de su entierro en Jerusalén, 2 de octubre de 2015. Reuters

Debido a que en Israel no existe oficialmente la pena de muerte, 18 familiares de 17 personas israelíes que fueron asesinadas por palestinos en 13 ataques separados están exigiendo que las familias de los agresores sean castigadas con la expulsión “permanente”. “El verdadero castigo que los asesinos se merecen es la muerte”, explican los familiares en una carta enviada al Gobierno y publicada en varios portales de noticias. “Pero la compasión judía nos impide recurrir a él”. La carta también está firmada por las familias de cinco judíos cuyos cinco agresores fueron asesinados en el acto en el lugar de los hechos.

La carta señala correctamente un hecho clave: todas las medidas de castigo y de disuasión adoptadas por Israel hasta ahora no han detenido la ola de ataques solitarios. Ni la ejecución de los atacantes o sospechososen el acto, ni la demolición de las viviendas de sus familias, ni las altas penas de prisión, ni las restricciones a la libertad de movimiento de sus familiares.

La carta no especifica adónde deberían ser expulsadas las familias, pero un informe de la radio ArutzSheva llena los espacios en blanco y explica que la intención es expulsarlas del país. Los autores no aclaran si están exigiendo que se expulse a la familia completa –tías y tíos, primas y primos– o solo al núcleo familiar, es decir, a madres y padres con sus hijas e hijos. Tampoco dan detalles sobre cómo debería llevarse a cabo la expulsión, si en marchas a pie o en minibuses.

Pero los autores sí saben que “la familia que crio al asesino, que lo educó y le enseñó a odiar a los judíos y a matarlos tiene que pagar el precio, al menos por el efecto de disuasión que tendrá dicha expulsión”. Uno de los firmantes es un rabino (Yehuda Henkin), y tres son esposas de rabinos que fueron asesinados (Neta Lavi, Noa Litman y Sara Don).

La carta está escrita en el lenguaje engañoso que prevalece en este país, según el cual “los judíos son asesinados por ser judíos”. No deberíamos juzgar a las personas en tiempos de duelo, pero las firmantes que piden la expulsión masiva de familias palestinas adhieren a un mito aceptado no sólo por ellas o por las familias judías dolientes: el mito de que, ocupante o no, con poder militar superior o no, el judío es siempre una víctima de la persecución.

No es debido al dolor personal que la carta se destaca por su total ceguera hacia la realidad de la superioridad militar, económica y diplomática de Israel, la cual le ha permitido durante 70 años expulsar a la población palestina, robarle su tierra, destruir sus hogares y matarla en conformidad con la ley, el orden y la democracia del Estado judío. Los firmantes son deliberadamente ciegos a esta realidad al igual que la gran mayoría de los judíos israelíes, que eligen negarla. Después de todo, lucran con ella.

Y de hecho Ruthie Hasno, de [la colonia] Kiryat Arba, cuyo esposo Abrahán fue atropellado y muerto, está convencida de que los autores de la carta hablan en nombre de toda la sociedad. Así lo dijo a Arutz Sheva: “La demanda de expulsar a los terroristas y a sus familias viene no sólo de los miembros de las familias dolientes, sino de todo el pueblo judío. Todas las personas judías están inequívocamente pidiendo que los terroristas y todos los que tocan la sangre judía sean expulsados. No tienen ningún derecho ni lugar en este estado”.

Las expulsiones masivas de la población palestina de su tierra y los intentos de expulsarla masivamente han definido a Israel desde su creación. La población de Jerusalén está siempre en riesgo de expulsión; de su ciudad y de su patria. Al encarcelar a 1,8 millones de personas en una estrecha franja de tierra que no es sostenible, Israel está alimentando el deseo de emigrar en el 40 por ciento de esa población. Eso es también un intento indirecto de expulsión. Amontonar a la población palestina en los enclaves A y B de Cisjordania es la transacción hecha en Oslo entre el viejo deseo de expulsar al pueblo palestino y las circunstancias diplomáticas que lo hacen imposible.

El Gobierno actual cruza líneas rojas todo el tiempo, con el apoyo de las bases. Es por eso que la carta no debe ser desestimada como el grito de dolor de algunos individuos. Es una peligrosa directriz proveniente de familias que no están alejadas de la mayoría de la sociedad israelí. “Dejemos que Benjamín Netanyahu lo haga [la expulsión] sin miedo”, dijo Ruthie Hasno. “Es para eso que lo votamos”.

Haaretz