El olivo, dignidad y vida, o cómo las mujeres palestinas defienden su identidad y apego a la tierra

En Palestina el cultivo de la oliva representa una tradición y forma de vida amenazada por la localización de parte de los árboles en pasos fronterizos vigilados por fuerzas armadas israelíes y agravada ahora por la llegada de la COVID-19. Las mujeres rurales representan una cuarta parte de la población mundial y trabajan como empresarias, asalariadas o agricultoras, como el caso de las refugiadas de Palestina Mai Qodeih y Ahlam al-Sumairi

Mujeres durante la campaña de recolección de la oliva en Gaza, Palestina

Con la llegada de los vientos otoñales, el clima comienza a enfriarse y las agricultoras de Gaza se preparan para uno de los momentos más importantes del año: la recogida de los dátiles y de la aceituna. Se trata de un momento importante no solo en términos económicos, ya que estos árboles tienen unas raíces profundas en la cultura y tradición palestina. En esta época, las recolectoras cierran el círculo de la cosecha tras un año de siembra lleno de esfuerzo, que se ha visto afectado no solo por el bloqueo y la ocupación, sino ahora también por las restricciones impuestas por la pandemia de COVID-19.

En el campamento de refugiados y refugiadas de Palestina de Khan Younis, al sur de Gaza, las agricultoras miran ansiosas hacia el cielo, imaginándose, subiendo, paso a paso, por las palmeras. «Cuando miras hacia arriba mientras escalas, parece como si estuvieras yendo hacia un collar de diamantes morados», comenta Mai Qodeih. Ella, junto a Ahlam al Sumairi, refugiadas de Palestina de la aldea de Beersheba, forman parte del equipo de agricultoras que ayudan a mantener viva esta tradición.

En la cultura palestina, el olivo es un árbol bendecido y simboliza su apego a la tierra. Este árbol tarda hasta nueve años en crecer, por lo que su consumo no es inmediato, sino que se cultiva para las generaciones futuras; una metáfora que, para el pueblo palestino, representa la resiliencia al conflicto y la ocupación israelí. “Es una tradición que preserva la herencia de nuestros antepasados», agrega Mai con orgullo.

Cada otoño, las familias, vecinos y seres queridos de recolectoras como Mai y Ahlam, se reúnen bajo la sombra de los árboles para realizar la recogida de los frutos en un ambiente festivo en el que se celebra el amor a la tierra y el espíritu de equipo. Sin embargo, la proximidad de los árboles a la valla perimetral que separa Gaza de Israel dificulta la recolecta.

En la franja de Gaza, hay actividad militar en áreas de hasta 1,5 kilómetros de la valla y las agricultoras palestinas que intentan alcanzar los olivos en esas zonas se exponen a menudo a «disparos de advertencia» de las fuerzas israelíes. En este contexto, los olivos se convierten en objetivo militar con la capacidad de desestabilizar la economía nacional palestina. El trabajo en el campo se ha convertido en una actividad de alto riesgo que en ocasiones se lleva por delante la vida de los y las trabajadoras rurales.

A pesar de las dificultades, Ahlam, agricultora de 53 años, describe la temporada de la cosecha como una auténtica boda palestina “la temporada de recogida de la aceituna y del dátil la comenzamos acompañados de padres y jóvenes voluntarios, luego preparamos un desayuno palestino en un fuego de leña y completamos la recolección. Una parte de la aceituna la almacenamos y la otra parte la enviamos a la prensa para extraer el aceite”.

La llegada de la pandemia de COVID-19, que está arrasando en todo el mundo, no ha hecho más que sumar más dificultades a las ya existentes. Su impacto en el movimiento económico y social también ha llegado a Gaza, un enclave que depende en gran parte de la producción agrícola.  El toque de queda como medida cautelar para evitar la propagación del virus paralizó toda actividad económica, incluyendo la agraria, lo que obstaculizó la recolección y puso en riesgo las cosechas. Las complicaciones coyunturales de la situación actual no son sino una traba más añadida a las regulares restricciones israelíes, cierres fronterizos y cortes de luz que dificultan aún más, si cabe, el almacenamiento de los productos y su exportación.

El valor cultural, patrimonial y nacional del olivo y del dátil se encuentra en el corazón y resiliencia de la población de Palestina que defienden sus propiedades, tradiciones y dignidad con su trabajo diario en el campo. La conexión con la tierra y con sus árboles forma parte de la personalidad palestina, algo difícil de explicar y que en muchas ocasiones se asemeja a la unión que tienen los miembros de una misma familia. El olivo forma parte de su núcleo, le cuidan como a un miembro más y cualquier ataque representa una ofensiva contra sus creencias, identidad y vida.

 

Fuente: eldiario.es