La Cruz y la Espada

Por Horacio González
Imagen: EFE

Por citar a Hegel, incluso con frecuencia, no estamos exentos de deformarlo. Lo mismo ocurre con Freud. Citarlo al tuntún –y no porque sea en un diario de circulación amplia, sino que es lo que le ocurriría a cualquiera–, puede contribuir a convertirlo en lo mismo que él combatía, un mero fetiche sustituto de placeres primitivos no mediatizados por la cultura. Lamentamos tener que advertir que eso le ha pasado a un filósofo del diario Clarín, citando a Freud con el propósito de condenar al Papa. He aquí un tema formidable. No solo porque descubrimos que en Clarín se filosofa –lo cual nos pone en peligro de introducir un toque de suspicacia en tal filosofía–, sino porque se vuelca una conocida y vigorosa argumentación de Freud sobre “el amor al jefe” en “Psicología de masas y análisis del yo”, para derrumbar de un plumazo el populismo peronista y el populismo papal. ¿No es descomunal el doblete, sobre todo teniendo en cuenta las múltiples acepciones de esos vocablos, que se presentan ahora como una única túnica aromatizada con toxinas.

No vemos tan simple el asunto, por eso daremos una opinión que podríamos considerar una reflexión sobre los jefes –en PáginaI12, un diario laico y sin atisbos de tales reverencias–, discutiendo con una posición filosófica de Clarín, que en este caso predica “contra los jefes” como párvulo recién devenido anarquista. ¿Es que en ese ámbito, es decir…en el Grupo… no hay… siquiera una pizca… de… ¿cómo decirlo?… “abusos de poder”? ¿O no se llaman jefes, allí también, los que consiguen ser tales luego de transitar el camino jerárquico de laboriosas obediencias anteriores, el goce secreto de recibir órdenes para luego poder darlas y la sumisión de tener que escribir acaso lo que no piensa? Pasemos por alto la vaguedad de la palabra jefe, desde la guerra de Troya hasta una antigua película con guión de David Viñas. No obstante, es cierto que Freud trató el tema del amor en relación a la Iglesia y el Ejército. No vio motivos en su momento –era poco después de la primera guerra mundial– para visualizar la cuestión del Estado Mayor Mediático y su vínculo con la “psicología de masas”.

Para los nuevos filósofos estaríamos entonces ante una mega organización anónima, lo que sin escarnio de por medio llamaríamos una corporación, que se expresa por escalas piramidales, no siempre visibles, donde ya no habría jefes que explorarían la libido secreta de las redacciones, sino cadenas abstractas de méritos, capaces incluso de desprenderse de los estilos de servidumbre teológico-política que implican, conjugadas, la cruz y la espada.

Pues lo han dicho. Ahora les molesta la vieja insignia mancomunada,  tantas veces predicada por el nacionalismo, el militarismo, el cristianismo mesiánico, Ignacio Braulio Anzoátegui, los bancos (el de Galicia ha fusionado cruz y espada en su emblema), el propio Roberto J. Noble y tantas otras entidades egregias. Es que en lo que nunca habían reparado, lo han descubierto ahora. ¡Qué motivo de disgusto! Han tenido que llegar hasta ahí para atacar al Papa, e inscribirle en su blancovelo, en esos bordados que parecían níveos, la acusación de proteger la pedofilia y ensalzar a los caudillejos militarotes herederos del Mío Cid o algún otro agitador de lúmpenes izquierdoides.

Como en cualquier ejercicio de acusaciones en alguna trastienda del Orden, donde se le diría a alguien trotskista, narcotraficante o corrupto, un Freud a contramano sirve para fundar modestas herejías, tan superficiales que hasta el Opus Dei, tan solo provisoriamente, las apoyaría.

Hay que sortear varias extrañezas para leer estos ejercicios filosóficospseudo-freudianos que dicen querer preservarnos del “abuso de poder”. Primero, la vulgarización de Freud, que en su escrito sobre Cristo y el General de los Ejércitos, ofrece un vigoroso estudio sobre el amor como disgregador de instituciones. Este texto de Freud sigue siendo crucial a condición que no lo tome Clarín para sus ejercicios “gym” de todos los días. La trayectoria de  Bergoglio es lo suficientemente compleja como para que no deje de interpelarnos a los laicos, o agnósticos, o a los que nos interesa la teología sin ser religiosos, o a los que nos interesa la religiosidad sin ser creyentes, sino apenas seres rondados por nuestras quimeras y alucinaciones más o menos literarias.

En el gran escrito de Freud que Clarín cita, se lee: “La Iglesia católica tuvo los mejores motivos para recomendar a sus fieles el celibato e imponerlo a sus sacerdotes, pero también el amor ha inducido a muchos eclesiásticos a salir de la Iglesia. Del mismo modo, el amor a la mujer rompe los lazos colectivos de la raza, la nacionalidad y la clase social y lleva así a cabo una importantísima labor de civilización”. Sería recomendable que primero lean estas reflexiones antes que ponerse a refutar la historia de la humanidad transcurrida hasta 1945 ¡año en que se fundó Clarín!

D´Addario trató el problema “del progresista laico ante el Papa” en este diario, días pasados. Un libro de Fernández Vega sobre el complejísimo contraste de Bergoglio con Ratzinger es de lectura fundamental. Los volúmenes dedicados por Horacio Verbitsky al estudio profundo de la Iglesia Argentina son la historia misma de la nación, su quebradura interna, muy lejos del uso torpe del tema que cotidianamente hace Loris Zanatta en el diario La Nación, sobre un concepto sin embargo importante, el del “mito de la nación católica”. Llama la atención que para atacar al Papa, Clarín deba denostar los símbolos bajo cuya sombra permaneció la mayor parte de los años de su historia, hasta hoy. Basta ver las noticias sobre la conmemoración militar de sus propios muertos en los años setenta. Una cosa es el derecho conmemorativo que toda institución tiene. Otra cosa el modo en que lo expande Clarín con clara vocación de incidencia coactiva en los tristes días de nuestro presente. ¡Y los jefes! Cualquier memorioso de la historia periodística argentina recordará las biografías de Noble, la primera hecha por Diego Lucero, a la que siguieron otras, más el besamanos bajo forma de entrevista que ha merecido Magnetto. ¿Acaso los que son llamados visionarios empresariales no son un cierto tipo de jefes de la industria a quienes sus subordinados les reclaman amor por igual, en medio, quizás, de sombrías conspiraciones?

Hay muchos dilemas encerrados en estas cuestiones –qué es el jefe, qué es el amor público, que es son las multitudes, que es la orden o una orden, que es la santidad, qué es el “pontifex máximum”, qué es lo místico o lo escatológico– todo lo cual está lejos del alcance de Clarín. Cuando trata de taquito estas cuestiones amagando una rápida “cita culta” más una “condena indignada”, las desfigura para ponerlas a punto para sus pendencieras políticas del presente.

Sobre el Papa muchos tenemos observaciones que hacer. Hacemos algo más que balbucear sobre la historia de los jesuitas en América Latina, algo más que ver tan solo una cuestión política, y lo necesario como para verlo como una voz fundamental, sino imprescindible y única, en estos graves momentos de la humanidad. Su acercamiento a la cuestión mapuche, contracara de la cuestión del deterioro ambiental por la vía del extractivismo, sus críticas al femicidio, hacen de Bergoglio, en un corte transversal del carretel omiso por el que circulan nuestros días, portador de un clamor indispensable. Es un hombre de Estado, no un Mesías. Su traducción de la teología a términos de la lengua popular, puede gustar o no, yo la he criticado, pero no es el tema ahora. Su historia durante los años de la dictadura militar él mismo debe meditarla por una vía que muchos de nosotros no conocemos o conocemos parcialmente, porque en verdad, está pendiente. Para él, la meditación es la oración, la paradoja central de lo humano, porque buscamos la palabra secreta y lo hacemos con palabras de un rito.

Pero está también la oración laica, que es un nombre posible para las tantas facetas de la recuperación de la vida intelectual y un humanismo crítico en la Argentina. La discordancia vital que los filósofos de Clarín aun no comprendieron, es que la autoridad se forja con los eslabones más preciados del libertarismo. Los movimientos populares argentinos, cuando no se expresaron bajo el peso de ritualizaciones improcedentes, y no fueron pocas esas veces, revelaron poseer lo que los filósofos asalariados no supieron tener, vocación de libertad y examen crítico de cualquier identidad. Aprovecho para decir que si no estamos en eso, es en eso en lo que tenemos que estar.

fuente pagina 12