Libro: una ventana al infierno de Gaza

 

Este texto es un extracto del nuevo libro de Max Blumenthal, The 51 Day War: Ruin and Resistance in Gaza, publicado por Nation Books, que relata sus impresiones de la matanza llevada a cabo por Israel en la Franja de Gaza en el verano de 2014.

 

Una casa destruida en Juzáa, septiembre de 2014. (Foto: Anne Paq / Activestills.org)

Después del 17 de agosto, estar en Juzáa era como mirar a través de una ventana al infierno mismo. Pero lo que vimos en ese paisaje apocalíptico palideció cuando dos palestinos, voluntarios de laMedia Luna Roja palestina, me contaron lo que les pasó al intentar atravesar el cerco militar que los israelíes habían establecido alrededor de la ciudad.

Ahmed Awad, de 25 años, y Alá Alkusofi, de 24, llegaron a las afueras de Juzáa justo en el momento en que el personal de una ambulancia de la Cruz Roja se negaba a adentrarse en la ciudad. Dijeron que habían ido a recoger el cuerpo de un hombre al que los soldados habían atado a un árbol por ambos brazos y le dispararon en la pierna. Cuando llegaron al lugar, los soldados ordenaron al conductor de la ambulancia, Mohamed Abadla, que saliera del vehículo. Tras obedecer, le dijeron que anduviera cinco metros hacia adelante y encendiera una linterna. Tan pronto como encendió la linterna, los soldados le dispararon en el pecho y le mataron.

“Nunca lo olvidaré”, exclamó Awad. “Ver a un colega asesinado de esa forma, delante de mí. No podía creerlo”.

Los dos voluntarios de la Media Luna Roja me dijeron que más tarde encontraron a un hombre con rigor mortis, con sus dos manos sobre la cabeza en señal de rendición y el cuerpo acribillado a balazos. Ya en la ciudad, descubrieron a toda una familia, con sus cuerpos descompuestos, que habían sido tirados con una excavadora a una fosa común. En el otro extremo de la ciudad, Awad y Alkusofi encontraron a una mujer de unos 80 años escondida en un gallinero, totalmente traumatizada. Se había refugiado allí hacía nueve días, cuando comenzó el asedio, alimentándose con la comida para los pollos y agua de lluvia. “Cuando nos vio, no podía creérselo”, dijo Alkusofi. “Estaba convencida de que iba a morir con las gallinas”.

Historias de terror

En casi todas las casas destruidas en las que entré en Juzáa, en todas las calles destrozadas por las bombas, en las mezquitas reducidas a escombros, en las escuelas derruidas, oí historias de terror como esta. Todos los residentes con los que estuve en esta ciudad fueron afectados, de una u otra forma, por la violencia. Cuando visité la ciudad, entré en un patio de una clínica de rehabilitación para mujeres y niños/as que sufren estrés postraumático permanente, un trastorno que afecta a una gran mayoría de los jóvenes de Gaza.

Situada en una calle cuyos edificios de cuatro plantas estaban totalmente acribillados y agujereados por las balas y los proyectiles de los tanques, la escuela estaba completamente vacía, pero los indicios de la presencia israelí estaban por todas partes. Cuando entramos, vimos estrellas de David pintadas por los soldados en las paredes, al lado de recortes de papel pintados con colores y con forma de corazón, que tenían los nombres de los escolares. En un armario de una oficina, que estaba milagrosamente intacta, con la excepción de algunos papeles esparcidos por el suelo, encontré un lanzacohetes antitanque M72. Fabricado en Mesa, Arizona, por la empresa noruega Nammo, era utilizado por los israelíes para atacar las casas de civiles palestinos situadas cerca de la valla fronteriza a lo largo de la Franja de Gaza.

En una de las aulas, los rayos del sol irrumpían a través de un agujero hecho en la pared, probablemente por un proyectil de 120 milímetros. La luz iluminaba una serie de carteles de colores decorados a juego con cintas que contenían mensajes:

Siempre parece imposible hasta que se hace.

Mantente vivo/a.

Mira hacia el futuro.

No se permiten pensamientos negativos.

Deambulamos por el lugar. Más allá, un grupo de niños llenaban una jarra de agua en un camión cisterna, justo donde antes había un depósito de agua que los israelíes destruyeron. Pasamos junto a una cúpula gigantesca de la mezquita de Ebad al Rahman, que ahora descansaba sobre un montón de escombros, como si de las ruinas de un imperio pretérito se tratara. Cerca de allí, entramos en un pequeño patio rodeado por un laberinto de casas destrozadas. En una esquina del patio, un niño permanecía impasible en su cama, en un dormitorio sin paredes. Un ventilador de techo, con aspecto de estar como derretido, pendía sobre su cabeza. En el centro del patio, había un enorme barril de color verde oliva. Era un arma utilizada por los israelíes en el centro de Juzáa durante el asalto a la ciudad para hacer explotar minas. Una gallina batió sus alas junto al barril y persiguió a sus polluelos entre los escombros.

“¿De dónde eres?”, me preguntó un anciano. Llevaba unas grandes gafas y una bata, cuyo bolsillo superior estaba repleto de trozos de papel, tarjetas de distintos tipos y el estuche de las gafas. Me recordó a mis parientes judíos que nacieron en un tiempo anterior a la actual era digital y se acostumbraron a llevar montones de tarjetas de visita, cupones y notas escritas a mano en los bolsillos de sus camisas y abrigos, mezclados con pastillas de menta y bolígrafos.

“Soy de Estados Unidos”, le dije, mientras se preparaba para una reacción de protesta.

“Ajá, Estados Unidos”, refunfuñó. “Quiero darle las gracias al pueblo americano”, siguió diciendo el hombre, que se me acercó a dos pies de distancia. “Son buena gente, nos dan comida y pan, y a los israelíes les dan armas para matarnos. Tienen diferentes criterios. Sería bueno que nos trataran a todos como seres humanos”.

‘Amamos la vida’

Se presentó como Alí Ahmed Kudeh, padre de Kamal Kudeh, el médico que trataba a los heridos por los bombardeos, a pesar de que él mismo fue herido. Al igual que su hijo, Alí Ahmed era simpatizante de Fatah, el grupo rival de Hamas. Y como prácticamente todos los que conocí en Gaza, era un ardiente defensor de la resistencia armada de las Brigadas Al Kassam, el brazo armado de Hamas. “Nuestras armas no son terroristas, son armas de autodefensa”, subrayó. “Nuestras armas son para liberar nuestra tierra. Somos personas dignas, amamos la vida. No odiamos la vida, como dicen ellos. Pero estamos dispuestos a morir por nuestra tierra”.

Un grupo de niños pequeños se reunió en el patio mientras Alí Ahmed me contaba cuántos niños de su familia habían muerto en el asalto de Juzáa. Señalando al niño que estaba en la cama, me explicó que la consecuencia más devastadora de la guerra no era el número de muertos, sino los efectos psicológicos en los miembros más jóvenes de su comunidad.

“¡Ese chico quiere hacer una bomba atómica y destruir Israel!”, exclamó airado. “¿Por qué? ¡Porque ha visto morir delante de él a los miembros de su familia! ¿Cómo se puede criar a chicos que quieren hacer bombas?”.

Cuando me disponía a salir del patio, Alí Ahmed me llamó de nuevo. Vino corriendo hasta mí, a través de los escombros, con una bandeja de dulces. “No quise decir que todos los americanos son malos”, se disculpó mientras me invitaba a coger unas galletitas recién horneadas. “El problema es el gobierno, no la gente”.

Justo en ese momento, un escuadrón israelí de F-16made in USA rugió a través del cielo. Una niña que estaba de pie junto a mí se agachó instintivamente ante el sonido de los aviones, preparándose para soportar otro ataque con misiles. La guerra no ha terminado.

Fuente: A windows to hell in Gaza