Mikel Ayestaran, periodista: ‘Ir a Jerusalén es imprescindible para entender una ocupación en el siglo XXI’

El corresponsal en Jerusalén recoge en un libro su día a día durante seis años en ciudad santa. «La humillación que sufren los palestinos no la he conocido en ninguna parte del mundo». «El conflicto es por la tierra y los recursos pero no por la religión. Los colonos aumentan pero no en el número que Israel quisiera»

El periodista Mikel Ayestarán

Los hijos del periodista Mikel Ayestarán (Beasain, Guipuzcoa, 1975) de seis y 12 años, se quedan sorprendidos en los controles policiales de carreteras, por ejemplo, en el País Vasco, cuando vienen a España. Pocas armas, dicen. Se entiende al saber que los pequeños viven en Jerusalén, donde los militares israelís permanecen apostados en las calles de ciudad vieja pertrechados como si fueran a la guerra. Su padre, corresponsal en la ciudad santa hace seis años, recoge en el libro Jerusalén, santa y cautiva, su día a día en el lugar que es, según sus propias palabras, «la madre del cordero» del conflicto árabe israelí.

-¿Qué te llevó a escribir de Jerusalén, el tema más tratado desde la segunda guerra mundial. ¿Queda algo más que decir?

-Era una deuda pendiente como periodista porque ya había hecho dos libros sobre Oriente Medio pero no había entrado particularmente en la ciudad. Más allá del día a día, de las crónicas de la radio y la tele, quería contar otro Jerusalén y para eso, en el formato de libro, me siento super cómodo. Lo que no cabe en el día a día que, para mí, es mucho más interesante que el día a día informativo. También lo hice como reto personal. Escribir sobre algo que está frente a mi casa, la Ciudad Vieja de Jerusalén. Trabajar sobre cosas que son tu día a día también es complicado. Aporto la humilde visión de un corresponsal que lleva seis años porque mi percepción es que, por mucho que la hemos contado y explicado, la gente la sigue sin conocer. Es un fracaso periodístico. El libro aporta el testimonio directo de la gente que vive o trabaja en la Ciudad Vieja, que es la madre del cordero.

-¿Por qué no se conoce la ciudad pese a lo mucho que se habla?

-Hay un hastío informativo y una maquinaria de propaganda por los dos lados muy potente. Trabajas como si fuera periodismo deportivo, o pro o contra, todos con sus camisetas y la gente se ha cansado de eso. Hay muchas fuentes para saber lo que está pasando pero considero que ir a Jerusalén es imprescindible. Por mucho que te lo expliquen, hasta que no pones un pie allí, hasta que no hueles y ves las miradas, no puedes entender lo que es una ocupación en marcha en el siglo XXI. Como periodista es obligatorio.

-Detalla en el libro la decisión de ir con su mujer y sus dos hijos pequeños. ¿Es una ciudad adecuada para que un niño crezca?

-No sé si algún día me lo agradecerán o me lo echarán en cara. Ahora tienen 9 y 12 años, han vivido más tiempo allí que en España. Una etapa importante. Es una ciudad friendly con los niños. Tanto árabes como israelís tienen muchos niños, hay muchos parques, debes acertar dónde vives y el colegio. Sí es cierto que tiene una carga de intensidad y de racismo en la que viven y no son ajenos. Crean, pero, un GPS mental que les permite adaptarse muy fácil.

-Explica que el momento de marcharse lo marca cuando los más pequeños ya consideran que la presencia constante de las armas es habitual…

-Sí, esa es una de las líneas rojas. Las armas tienen una presencia muy importante en las calles y, de momento, te das cuenta de que les sigue sorprendiendo. Es algo del paisaje de Jerusalén pero todavía les sigue sorprendiendo y eso es buena señal. Cierto es que nuestro entorno no está marcado por el conflicto constantemente (colegio internacional…). Estamos en una especie de burbuja. Nunca sabes cómo canalizarán la perspectiva que les da haber vivido en Jerusalén. Ojalá les sirva.

-En Jerusalén, plantea en el libro, parece que están en un partido de fútbol donde eres pro o contra y donde es muy difícil ser equidistante. ¿Dónde se ubica usted?

-Soy periodista. La equidistancia en un conflicto que plante semejante desproporción te llevaría al cinismo, a no cumplir con tu trabajo. Hay temas en los que no entro porque no hay razón, es emoción. Cuando se justifica todo apelando al derecho divino, no hay más que hablar.

-¿Durante los seis años que llevas allí, la población palestina ha empeorado o ha mejorado?

-Desde el punto de vista político ha caído en picado. El peor castigo que tienen los palestinos es su liderazgo. La división entre Hamás y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) es un castigo. ¿Mejor o peor? Yo creo que están de pena. La situación en Cisjordania es cada vez es peor a nivel económico a nivel de libertades individuales por la represión de la ANP, que controla y limita todos los accesos. La salud, por ejemplo, es un despropósito de gestión. A los palestinos los veo peor. Además, ese tema de los dos Estados, no conozco a nadie que defienda la solución de los dos Estados, más allá de la comunidad internacional. Hay un Estado, no hay más. El plan de los dos Estados es inviable. Israel nunca va a permitir un Estado palestino.

-¿Por dónde pasa para ti la solución del conflicto, si es que crees que la puede haber?

-Cuando sea un solo Estado con los mismos derechos para todos. El plan de los dos Estados es utópico, también es el más cómodo. Sobre el papel es la mejor pero dar marcha atrás sería reconocer décadas de fracaso diplomático de inoperancia. Lo más cómodo es seguir en el status quo. Pero sobre el terreno no avanzan dos estados, es solamente uno el que avanza. Trump fue el más realista a la hora de describir cómo está Cisjordania.

-En su paseo por los cuatro barrios de Jerusalén, agolpados en un kilómetro cuadrado, echa un jarro de agua fría a los cristianos al decirles que no está probado que la vía dolorosa que transitó Jesucristo se encuentre justamente en los lugares señalados.

-La gente necesita confirmar su creencia, tocar. No sé cómo se puede encontrar la espiritualidad en Semana Santa en Jerusalén. Yo creo que más bien es el contexto idóneo para perder la fe. Es un circo.

-¿Los psiquiátricos se llenan en los periodos clave, verdad?

-Sí , sí, por el síndrome de Jerusalén. Muchos peregrinos no pueden aguantar los momentos de climax que alcanzan al llegar a sus lugares sagrados. Pero no hay interés por el otro. Todos confluyen en un kilómetro cuadrado, que es nada, pero no se ven, no conectan.

-¿Qué barrio de la ciudad vieja le gusta más? ¿Hacia dónde tiende cuando se adentra?

-El que más vida tiene es el barrio musulmán. Estás como en una medina. Si no fuera por las banderas de Israel, tendrías la impresión de que estás en cualquier otro lugar de Oriente Medio. En el barrio cristiano, casi no hay cristianos, es un barrio de shopping, el barrio armenio es un enorme convento y el judío tiene el problema de que es un lugar frío, destinado al estudio religioso.

-¿Los ultraortodoxos se están haciendo cada vez más fuertes?

-Sí, con consentimiento y patrocinados y ayudados. La convivencia es muy difícil. Te miran pero no te ven, aunque tampoco ven a los judíos laicos. A largo plazo, los ultraortodoxos van a ser un problema para Israel por los privilegios de los que gozan respecto al resto ciudadanos y porque todo movimiento ultra, sea del signo que sea, no ayuda a la cohesión social ni a avanzar. El Israel laborista de los kibutz se ha acabado. Israel está girando a la derecha, a la extrema derecha diría yo, los kibutz del siglo XXI son las colonias y cada vez tienen más peso los partidos ultranacionalistas y religiosos. Va en una dirección que no es la que soñaron los creadores de este Estado.

-¿Cómo ve el futuro inmediato?

-Sobre el terreno hay un Estado que avanza, imparable, con el visto bueno de la comunidad internacional y el apoyo absoluto de EEUU. Israel ya ha aplastado a los palestinos, más ya es muy difícil. La humillación que sufren los palestinos no la he conocido en ninguna parte del mundo. La solución, sea la que sea, será dramática para las dos partes. Las dos partes saben que no puede ser de otra forma después de tanto odio y tanta sangre. El conflicto es por la tierra y los recursos pero no por la religión. Los colonos aumentan pero no en el número que Israel quisiera. El cambio tiene que venir de dentro, de la propia sociedad israelí y palestina. Para que sea un cambio real.

Fuente: www.elperiodico.com