‘Si fracasamos como defensores de la causa, lo correcto sería cambiar a los defensores, no la causa’

El pueblo palestino actualmente se encuentra en un callejón sin salida. Sus aliados árabes más poderosos se han inclinado a favor de mantener relaciones normalizadas con Israel. Además, la clase política palestina no está siendo capaz de reactivar los valores de lucha por su proyecto nacional.

Por ISABEL PÉREZ  Twitter: @itxaP

Normalizar relaciones con Israel. Seguramente aquí esas palabras digan poco o, es más, digan mucho, mucho sobre estabilidad, sobre paz… pero, y he ahí la cuestión, poco de justicia y compensación para el pueblo palestino por los 72 años malvividos como refugiados, con la bota militar sobre sus espaldas. Para el pueblo palestino normalizar relaciones con Israel es algo que ha ocurrido a lo largo de la historia moderna en dos niveles, el nivel político y el nivel personal (que no social).

A nivel personal, la relación con personas israelíes ha tenido etapas, siempre de la mano de la coyuntura histórica que se vivía (y de lo cuan alienados estaban los y las palestinas).

La primera de ellas se situaría en la época pre-Nakba y, por lo tanto, antes de la creación del Estado de Israel. Antes de 1948 el pueblo palestino ya mantenía ciertas relaciones comerciales o de servicios con familias judías enviadas por el movimiento sionista a la Palestina del Mandato Británico. Al respecto pregunté en varias ocasiones cuando entrevistaba a gente superviviente de la violenta expulsión que sufrieron en mayo del 48. Muchas mujeres recordaban cómo les visitaba “el doctor judío” en sus casas, o ellas mismas iban hasta la casa del médico. A parte de esto, y como digo, intercambios de bienes o servicios, las relaciones entre palestinos y colonos judíos europeos no conformaban un entrelazamiento de vidas ni una sociedad.

Los y las palestinas nativas (entre ellas, gente judía palestina) podían olerse la que se avecinaba:

«Los enviaban en grandes barcos a Palestina”, me decía una mujer refugiada palestina contándome su vida antes de la Nakba.

A partir de la expulsión violenta y sangrienta del pueblo palestino de sus hogares, en 1948, y la creación de Israel como nuevo Estado, aprobado por las Naciones Unidas, el pueblo palestino que logró quedarse en sus casas (alrededor de un cuarto de la población total), pasó a ser devorado por el sistema israelí. En la actualidad, las ciudades principales palestinas que hoy están en Israel (Haifa, Acre) sufren una política de acoso administrativo para que sus habitantes nativos se marchen. La mayoría de la población palestina en Israel vive en un llamado “triángulo” geográfico, aglutinada, acorralada, vigilada y sin disfrutar de los mismos derechos civiles que sus conciudadanos israelíes de religión judía.

Hoy en día los y las palestinas en Israel pueden participar en la vida política. Hay varios grupos que van desde el islamismo a la izquierda, pero el Estado Israelí, dirigido siempre por judíos sionistas, intenta bloquear su participación en las elecciones con horquillas imposibles de alcanzar. Salvo si se unen en un bloque, solución a la que optan a menudo.

La normalización en este último punto está a debate entre la población palestina que vive como refugiada, o que vive bajo ocupación en la franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén-Este.

“¿No es una traición a Palestina participar en la Knesset (Parlamento) israelí?”.

Unas piensan que sí, otras que no.

Antes de 2005, cuando Israel decidió retirar sus tropas de la Franja de Gaza, la vida de sus habitantes ahí era muy diferente a la de ahora bajo bloqueo. Había más movimiento de personas y mercancías, pero bajo la batuta israelí. Había más trabajo, sobre todo fuera de la franja, pero bajo la condición de estar desvinculado políticamente a Palestina. Había más traslados a hospitales, más medicamentos… pero una represión sicológica brutal que dejaba a niños y niñas con trastornos de sicosis por miedo.

Cuando vivía en Gaza casi todas semanas solíamos visitar a amigos campesinos de Deir al Balah, en el centro de la franja de Gaza. Una de esas visitas llevaba conmigo cuestiones técnicas para ‘Abu Majd’, uno de los campesinos: los tomates de Barbastro no tiraban… No llegaron a tirar nunca. Morían. Abu Majd me explicó que era lo normal en una tierra agrícola sobreexplotada:

“Antes, al menos, cuando dejabas al campo descansar podías ir y trabajar a Israel”

En los años 80, él y otros campesinos trabajaban en Tel Aviv en una cadena de supermercados como mozos de almacén:

“Nos hablábamos con algunas de las cajeras israelíes. Un día, una nos contó que no llegaba a fin de mes y que tenía un bebé, así que estuvimos retirando del almacén a escondidas productos para que se los llevara a casa”

No perdieron el trabajo por eso, pero sí por participar políticamente con facciones palestinas. Estos campesinos en cuestión creían en la lucha de clases, en una revolución horizontal. En sus ratos libres, aunque exhaustos, escuchaban clases de Dialéctica marxista. Hasta que el profesor se les fue a vivir a España…

Los acuerdos de Oslo: la normalización a bombo y platillo

Las facciones palestinas estaban y están consideradas por el Estado israelí como grupos terroristas. Con la firma de los Acuerdos de Oslo, la estructura política que se había englobado en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) debía ser reconocida como legítima por parte de Israel. Yasser Arafat, jefe de la OLP y líder del movimiento Fatah, firmó asimismo el reconocimiento del Estado de Israel.

Dentro de la OLP están representadas todas las facciones palestinas históricas. Los islamistas HAMAS no lo están, pero participan en los procesos electorales del Consejo Legislativo, en las elecciones municipales o, algo importante que no debe pasar desapercibido, en las elecciones estudiantiles. Estas últimas son las únicas elecciones en las que participa la Yihad Islámica Palestina porque boicotea todo lo demás.

El gran PERO llega cuando Israel, asintiendo ante el mundo que reconoce a la OLP como legítima representante del pueblo palestino, mantiene en su lista de terroristas al 90% de las facciones que lo componen. Solamente con Fatah ha llegado a separar su ala armada de la política. Para el resto no hay diferenciación. Así que, si eres miembro de una facción palestina en su ala política irás a la cárcel si las fuerzas israelíes deciden detenerte.

El proceso de Oslo fue largo y duro. Se dejaron temas básicos en el tintero, como el retorno de los y las refugiadas a sus hogares de origen, la división de Jerusalén o la liberación de presos y presas políticas palestinas. Los israelíes se pusieron entre ellos de acuerdo mucho mejor que los palestinos. Arafat, no hay duda, pensó que era lo mejor y que se abriría un momento de cambios por etapas.

No funcionó. Cuando Arafat murió, dejaba atrás un pueblo desilusionado, unos políticos divididos y un Israel armado hasta los dientes que haría de lo firmado papel para el WC.

El Gran Acuerdo normalizador entre palestinos e israelíes falló. A partir de entonces nada más ha funcionado porque se ha partido el brazo de la balanza que sostiene a Palestina.

Una nueva ruta ‘revolucionaria’ por Palestina

En estos momentos la sociedad política y la sociedad civil en Palestina están en crisis. Los puentes que los unían se van desmoronando. En muchas ocasiones, la relación entre una persona de a pie y una facción palestina es de dependencia, ya ni siquiera es una herramienta para el cambio.

El paternalismo árabe para con la causa palestina es humillante. Los jeques van sucumbiendo y quitan el velo que tapaba sus relaciones con Israel. Les motiva obtener el poder militar en la región. La normalización con Israel ahora se trata de portadas y noticias destacadas con un avión que porta una delegación estadounidense y otra israelí a un país árabe:

“El primer vuelo entre Israel y Emiratos Árabes Unidos”

“Baréin y Emiratos firman los acuerdos de Abrahán en Washington”

La “Paz” está escrita en tres idiomas: el hebreo (Shalom), el árabe (Salam) y el inglés (Peace). Dentro de las cláusulas, Palestina está escrita en negrita. Sin embargo, nadie conoce el texto que se firma… por lo que toca desconfiar.

Se espera que otros países se unan próximamente a la normalización con Israel. Sudán podría ser el siguiente o Catar que ya mantenía sus relaciones con Israel. A Israel le viene bien que la delegación catarí aterrice en Ben Gurion y entre en Gaza para entregar en mano a Hamas sus maletines de dólares que logren “sofocar” las protestas populares en la Línea Verde.

En Palestina esto se sabe, es vox populi.

En 1991, cuando se celebró en Madrid la conferencia que serviría para sellar los Acuerdos de Oslo de 1993, no se imaginarían que una masa de palestinas y palestinos, bajo la bandera de revolución y el cambio, organizarían treinta años después (en 2021) una Conferencia de Madrid alternativa.

Se trata de la Conferencia de la Ruta Alternativa Palestina y ya tiene fecha. Será entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre del año que viene, 2021. Para su presentación destacan esta frase de Ghassan Kanafani, escritor revolucionario palestino asesinado en Beirut en 1972:

“Si fracasamos como defensores de la causa, lo correcto sería cambiar a los defensores, no la causa”

La organización de la conferencia justifica su iniciativa por un “proceso de negociación” con Israel, que comenzó en Madrid, y la OLP “han llegado a su destino final: el absoluto fracaso”.

Quieren restablecer:

“La consideración de los principios y valores humanos revolucionarios en nuestra experiencia nacional”

Y finalizan diciendo:

“En el aniversario de la conferencia de liquidación de Madrid gritaremos con voz unificada: vuestro proyecto racista (…) no pasará”

 

Fuente: arainfo.org